Aún lo recuerdo.

Qué hermosas eran las noches junto a ti. Olían a algo así como… ¿Cómo decirlo? algo así como a miel de azahar mezclada con leche caliente. Algo así como caramelo fundido, suave y dulce, de tal manera, que baila un vals en tu paladar. El viento no era viento, sino brisa y la lluvia una excusa para besarte entre los coloridos paraguas de otra gente. Tu cuerpo era un sendero para recorrer  descalza, insaciable, loca. Tus ojos escrutaban mi alma, que era más tuya que de mi propio ser y se apoyaba en tu pecho para descansar.

Sensación pura de paz inalcanzable, serenidad, incluso de felicidad. Nunca tuve palabras para describirlo, ni descifrarlo, ni tampoco tiempo para creer de verdad que existiera un método para conseguirlo. Te quise tanto como pude, como me dejarse quererte y como aún te quiero.

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