(Ya pensaré un título cuando lo acabe)

I

La barra del bar se sintió vacía el día en que, sin dar explicaciones, te fuiste a buscar un entretenimiento mejor que mi tequila. Todas las noches con el mismo repertorio. Nunca te cansaste de pregonar lo absurdo, estúpido e inútil que debías ser. Sin soltar el vaso, sin levantarte de la silla, todos los días, el mismo número de tequilas, 6. Uno por cada recuerdo imborrable. Si se me permite decirlo, tienes un hígado de hierro. Nunca bromeabas con eso, decías que era algo serio, que cada copa te quemaba por dentro, pero nunca renunciaste a una sola. Decías que ninguna de las cosas que te atormentaban era menos que otra y que no debía menospreciarla, porque todas dolieron por igual.

Una vez me atreví a preguntarte cuáles fueron ésas penas, a lo que contestaste con un bufido a forma de carcajada y una frase que no conseguí entender hasta algo más tarde, fue algo así como: “El simple hecho de haber nacido, ya es razón suficiente para beberme de un trago la botella entera, ése también fue un error.”

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