De tanto huir por no saber el por qué, se perdió.

‘Adiós’. Lo dijo tantas veces que ya ni él se lo creía. Tenía una vida llena de puntos suspensivos, finales de situaciones sin terminar, asuntos sin zanjar, cosas enterradas en el olvido o temeroso de sentir. Eso de vivir nunca había ido con él. No entendía la dinámica del sentimiento, nunca entendió nada. No comprendía por qué había de ser lo que se supone que debía, por qué las cosas no salían nunca como deseaba, por qué los días se le escapaban entre los dedos y dejaban resquicios de sus recuerdos en él.

Por eso huir y tratar de escaparse lejos fue siempre su mejor opción. No había por qué dar explicaciones, a él nadie le dio ninguna que le sirviera de algo.

Nunca consiguió marcharse lo suficientemente lejos como para olvidar que debía entender algo incomprensible para él. Nunca lo consiguió hasta que encontró una ventana abierta en un día de lluvia.

No hubo carta, nota o mensaje de despedida. Aquello era sencillo. Algo sencillo, como él quería.

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