Hablemos, cómo no, de mí.

Mis rizos huelen a otoño y hojas caídas, a innumerables despedidas, a grietas en el corazón. Y las miradas perdidas, de cuando aún mis ojos tenían transparencia, de cuando todos sabían hacia dónde miraba: se han escondido detrás de cataratas obstinadas, que prefieren dedicarse a contener el agua que las crea…que prefieren no ser a admitir que, aunque preciosas, son en vano.

Quizá necesite mirar con otros ojos. El cambio siempre es bueno. Me he cansado de ser sin sino, de haberlo perdido entre lo efímero de mi día a día que no llena nada, pero lo arrasa todo. Y con eso me he quedado yo, de eso he intentado llenarme inútilmente: de la nada, de lo que menos importa de todo.

Y así, he perdido todo lo que tenía por mío. Mis sueños se han visto ahogados por el vasto tiempo, por las dudas. Y cada vez me alejo más de todo lo que he amado incondicionalmente, siempre, a pesar de todo, con toda el alma.

Pero no tengo miedo, aún no han muerto, sé que he nacido para esto.

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