Autoficción.

Ya estoy medio muerta. Alguien me dotó desde el inicio de miedo a vivir y el parto duró 48 horas. Hubiera nacido otro precioso día de julio, en viernes, y no sábado anhelante del merecido (o no, quién sabe) descanso.

Como nací, viví (algo había que hacer): con pereza, letargo, cansancio y sueño.  Eso sí, soñaba, soñaba muchísimo (como si no hubiera un mañana; porque de hecho, para mí como si nada), por mi mente pasaban todas mis vidas posibles que, sin embargo, nunca llegaron a ser.

Y así, medio muerta, en medio del eje de un mundo que gira asombrosamente rápido, miro la vida y no me devuelve la mirada.

 

Vídeo

Pelusas.

Las motas de polvo de mi cuarto tienen por sana costumbre posarse sobre los libros que la imperan. Tienen buen gusto, y se deleitan sobre portadas de viejos tomos de Shakespeare, Lorca o incluso Valle-Inclán.

Posan su semitransparente cuerpo sobre la superficie para comenzar a unirse y elegir pareja muy lentamente:

Se unen a uno

y no a otro,

se unen a uno

y no a otro,

se unen a uno

y no a otro,

se unen a uno

y no a otro,

se unen a uno

y no a otro…

Y así, sucesivamente, hasta que, por fin, conquistan gran parte de la estancia (los libros dejan de ser un lugar para ser sólo un objeto al que mirar con superioridad) y se preparan para la mutación de su nombre.

I, Luces

Todo lo que sé, todo lo que se supone que puedo saber trata de mí. De mis sentimientos quizá, no del todo seguro, porque me cuesta. Es complicado.

-¿El qué?

– Todo, en realidad… ¿Qué no es complicado?

Veinte pasos hacia delante y la dejé atrás. Aquella muchacha quizá mereciera la pena, pero no tanto como para aceptar pagar 10 euros mensuales a su organización. Gente que sufre, dice. Nadie se ha parado a preguntarme a mí. Lo mío no tiene cura, es cierto, no se cura con esos 10 euros, pero pueden pagar algunas cervezas…y así el tiempo pasa más rápido.

Callejas arriba y abajo. Esta fue siempre mi ciudad y, sin embargo, siempre que vuelvo me recorre esa fría sensación de que, de pronto, es 1984. En la más oscura enciendo un cigarrillo, dichosa ironía, Lucky Strike. La única luz del callejón. La única que me alumbra, al menos.

Tu ratonera.

Vivo en una ratonera. Pero una de las caras. Está muy bien equipada con la rueda, su tobogán de colores y una segunda planta con un chalet que nunca consigo alcanzar porque tengo las patas demasiado cortas. Lo cierto es que no me falta de nada, podría decirse incluso que tengo suerte ¿no creéis?

Mi comida cae del cielo así que en todo el día no tengo nada que hacer. Creo que si pasara más tiempo en la rueda podría dedicarme al culturismo. Pero no, quita, quita, esos cuerpos prefabricados a base de anabolizantes no van conmigo. Yo soy más de repanchingarme sobre la arena y los trozos de periódico con olor a mis propios excrementos y esperar a que pase algo…no sé, cualquier cosa.

A veces miro hacia fuera, ya sabéis, para pasar el rato, y entreveo por los barrotes a la gente que se ocupa de cuidarme. Siempre van de un lado para otro entre ésas cuatro tupidas paredes, ocupados, haciendo cosas que en realidad no son verdaderamente importantes. Supongo que mientras están distraídos con sus quehaceres evitan mirar hacia fuera y ver lo que verdaderamente temen, lo que se están perdiendo, lo que han perdido y lo que son y nunca quisieron ser.

Después de éso vuelvo a mi rueda, a mi hogar bañado de heces porque supongo que soy feliz aquí. No tengo nada más que hacer que preocuparme por seguir respirando.

Mi vecina del 5º C

Mi vecina del 5ºC tiene un grave problema con los psicofármacos, sabe griego y le gusta despertarse con el sonido de las gotas de agua crepitando contra el cristal de su cuarto. Ella guarda un secreto de ternura y algo de sentido maternal escondido en alguna parte de su interior. Tiene miedo a las casas oscuras, odia el olor a café y las páginas en blanco.
Mamá siempre me ha dicho que suba por las escaleras si me la encuentro en el rellano. Supongo que será porque teme que me dé un mal ejemplo sobre cómo sobrellevar la soltería a los cuarenta y nueve años.

Mi vecina del 5ºC no sabe que la observo, ni que vislumbro sus estados de ánimo mirando el compás, el ritmo y el movimiento de sus manos. No sabe que sé que no se ha casado porque tiene miedo al compromiso, ni tampoco que intuyo que su adicción huele a Rock n’ Roll pasado de moda con sabor a sentimiento de inferioridad.

Ella tiene un tic en el dedo corazón, utiliza una 95b y adora fumar sobre la taza del retrete.

Llora por las noches al verse sola, yo sé que no pide más que escuchar una breve bienvenida al entrar en casa.

Supongo que tendrás ahora muchas hipótesis de mis supuestos hobbies, pero le dedico menos tiempo del que crees. No es difícil averiguar todas éstas cosas. Si escucharas más a menudo y escrutaras los movimientos de la gente que nos rodea con algo de interés y curiosidad, lo sabrías.

También sospecho que no va a misa desde la comunión, pero cree en Dios porque quiere tener algo en lo que creer, porque es más fácil atribuirle nuestros errores a Él que tratar de resolverlos por nosotros mismos.

Mi vecina del 5ºC tiene, probablemente, muchas de esas cosas que la gente mayor admira y valora tanto, pero que no aprecian en ella por eso de las primeras impresiones. Cosas de esas como inteligencia, capacidad y devoción.

Ella ama el arte. Sus manos siempre huelen a pintura, a tabaco y a agua de fregar.

Sé que le gusta la poesía y que odia peinarse los rizos por la mañana, y, bueno, en realidad supongo que odia peinarse a cualquier hora.

Escribe versos latinos en papel higiénico y los tira por el retrete. Sus ojos siempre me gritan que ‘no son más que basura’. Y ahí tenemos un claro ejemplo de uno de sus sueños frustrados. Me pregunto quién se habrá visto capaz de aplastar lo más querido, puro y adorado por una persona. Quién se habrá visto capaz de tirar por el retrete su primer poema. Quién se habrá creído para deshacer en agua sus sueños.

Mi vecina del 5ºC odia mirarse en los espejos. Una vez me dijo, sin venir a cuento, que el reflejo solo representaba la imagen de lo que los demás querían que fuésemos, que lo que veíamos no éramos nosotros, si no lo que las masas habían hecho de nosotros. Yo no comprendí lo que dijo y me pasé un día entero con el ceño fruncido pensando en ello, hasta que comenzó a dolerme la cabeza.

Cuando al día siguiente llamé a su timbre esperando una explicación, sonrió, me revolvió el pelo y dijo que, quizás era demasiado pequeña para comprender. Y así pues, me quedé con la duda.

Tiene un piano de cola en casa que nunca le he oído entonar, pero estoy segura de que acaricia todas sus teclas cada vez que pasa a un lado y recuerda la dulce melodía que podría hacer sonar.

Cada mañana oigo sus pies descalzos caminar de la cama a la cocina, que amanecen entumecidos por el frío, adornados con sus uñas pintadas de negro.

Lo miércoles siempre come pollo frito de pie frente al fregadero. Pollo frito y puré de patata.

Mi vecina del 5ºC no tiene nada de especial, hace galletas de chocolate cuando se siente abandonada, porque prefiere no pensar en ello; le encantan las manzanas rojas y para desayunar siempre escoge tostadas con crema de cacahuete.

Es consciente de su desequilibrio emocional, aunque solo en parte. Ni lo afirma ni lo desmiente, evita las cosas que le hacen pensar.

Oh, ¿no os lo he dicho aún? Se llama Victoria. Lo supe por el buzón porque nunca he escuchado a nadie llamarla, bueno, en verdad creo que nadie se fija lo suficiente en ella. Quizás nadie la ha llamado nunca…Toda una vida sin escuchar un ‘Victoria, ábreme’, ‘Victoria, ¡ven aquí!’ o ‘Victoria, te necesito’…Hola, Victoria.

Tengo la impresión de que le gusta su rutina. Todas las mañanas se levanta sobre las ocho, desayuna sus tostadas, coge el autobús y va a donde quiera que vaya, vuelve para comer y se va otra vez sobre las cuatro para volver a las seis y merendar.

Alguna vez la he visto en el paso de cebra que pasa por delante de mi colegio. Se queda mirando las caras anónimas de la gente que conduce dentro del coche. Gente que escucha música a un volumen extremadamente alto, que piensa en cosas que poco o nada tienen que ver con que ella les observe. Y luego Victoria, mirándoles, queriendo comprenderles quizás, queriendo memorizar sus rostros, para que, así, formen parte de su vida sin ellos saberlo.

Mi vecina del 5ºC le recita monólogos a su propia sombra. Sabiendo que nunca tendrá la posibilidad de contárselos a nadie más, aprovecha y debate de cosas importantes de verdad, como que faltan papeleras en las calles, que los autobuseros nunca dicen ‘buenos días’ cuando subes o que el precio de la crema de cacahuete y el coste de la vida han subido de verdad.

¿No os encanta el frío? A Victoria sí. Le fascina el frío, la nieve, las horas arropada y atrapada entre mantas, las mejillas y nariz sonrosadas, incluso ama sus rizos encrespados.

Dicen que la gente es más feliz en invierno porque el frío ralentiza los sentidos. Quizá sea por eso que le gusta tanto…Aunque no sé si creérmelo, porque Victoria hace más galletas de chocolate, si cabe, en esta época. Puede que tan solo sea que tiene más tiempo libre…

Sonríe más cuando es invierno. Cuando es invierno o simplemente llueve y el suelo está mojado, y las baldosas, esas baldosas que sus piececitos pisan tan cuidadosamente, burlonas, producen sonidos extraños. Y Victoria ríe y ríe y yo me la imagino riendo aún más, y yo también, con ella, me río entonces.

Ella se pregunta cómo se verá la ventana con la luz encendida de su cuarto desde fuera los días de invierno, esos días en los que incluso a los alérgicos a la lactosa como mamá les apetece chocolate caliente con churros…Curioso que se lo pregunte, teniendo en cuenta que llevo siete de los diez años que tengo queriendo averiguar algo que, después de observarla tan detalladamente, sigo sin saber. ‘Dime, Victoria, ¿cómo ves tú, tan diferente que eres a todos nosotros, el mundo desde la ventana de tu 5ºC?’

Relato que presenté a un concurso y no ganó. Una pena.

Te vi, te vi.

Te vi, ayer te vi. Estabas aparcando el carrito de la compra. Te vi mirando triste su silueta, como si te diera pena dejarlo allí. Te vi pensando en coger e primer tren que se fuera lejos de allí y también cómo ésa idea se esfumó con un simple pestañeo. Sé que te asustaba quedarte donde estabas, en el lugar donde se aparcan los carritos de la compra, pero también irte, dejarlo todo a manos de otro que necesitara ese carrito.

Saliste a la calle a tomar decisiones, esas que tanto odias tener que decidir. O te quedas o te vas…parecía complicado. Sentado sobre el bordillo de la acera, camiones y coches pasaban acelerados…y tú pensando que debería reducirse el límite de velocidad.

Luego te quedaste mirando al cielo, como si la luna pudiera decidir por ti. Curiosa quedó tu cara al no recibir respuesta alguna por su parte.

Cuando comenzó a soplar el frío viento te levantaste, pero antes, justo antes de entrar por la puerta te vino otra vez a la cabeza: O te quedas o te vas.

Finalmente no la cruzaste. Te marchaste a casa andando y no a otro lugar lejos de éste en tren, como seguro que hubieras preferido.

Ayer te vi, estoy seguro de que te vi. Borracho como estaba…y aún con todo quedé intrigado por ti. Sí, ayer te vi, de veras que te vi…Te vi, pero no recuerdo dónde.

 

En realidad aquí lo menos que tenéis que hacer al leerlo es fijaros en lo que está escrito…sino en lo que quiero decir con ésto.

Carpe Diem.

Había una vez un niño pequeño con problemas de mayor, también hubo muchos más mayores que se comportaban como niños pequeños. Pero de estos últimos me olvido muy rápido por su simpleza. Además, hay demasiados.

Como iba diciendo: Había una vez un niño pequeño con problemas de mayor, demasiado joven para hacerse cargo de ellos. Demasiado joven, también, para que alguien le entendiera, incluso para que tratara de escucharle. Por otra parte, era demasiado viejo para disfrutar de su niñez. Odiaba los cambios, se apartaba de las cosas nuevas por miedo a que desestabilizaran lo poco que había podido recoger en sus nueve años de vida. Refunfuñaba todo el tiempo. Nunca estaba de acuerdo con nada pero tampoco proponía otro tipo de alternativas.

El pequeño se sentía como si sobrara, como si su tiempo se hubiera esfumado ya hacía mucho tiempo y tuviera que dejar paso a otros para que ocuparan su lugar.

Así pues, fue creciendo pero para él nada cambió. Miraba a los demás con desaprobación por seguir lo que él creía un comportamiento acertado. Ellos aprovechaban sus vidas mientras que éste prefería ignorarla.

Como es normal, llegó a la edad en la que tenía que dejar todo y a todos.

Cuando se dio cuenta de que por fin su tiempo había acabado, se paró a mirar a los compañeros que iban yéndose uno a uno. Se iban sin nada que temer, habían vivido lo suficiente como para no dejar su vida a medias. Todos antes que él se marcharon sonrientes. Aquel hombre no podía dejar de preguntarse el por qué de esas sonrisas. Murió preguntándoselo, porque no tenía nada más.

Discurso esperanzador de un pequeño héroe.

“Voy a ser un héroe.- Dijo.- No por mí, yo no quiero fama, no quiero dinero, quedáoslo todo. Hoy voy a ser un héroe por vosotros. Porque lo necesitáis, me necesitáis. Porque hoy voy a hacer algo bueno por cada uno aunque puede que no os lo merezcáis y aunque puede también que no lo queráis.

Yo ya no seré yo. Yo seré quien os de lo que necesitáis cuando verdaderamente lo necesitéis, quien dé la cara por vosotros cuando os sintáis humillados, pisoteados, impotentes. Voy a ser un pequeño héroe que no se engrandezca con las situaciones, ni los elogios, ni las recompensas que ya he dicho que no quiero, ni se pudra por el poder. No lo haré porque ese mismo poder del que hablo sois vosotros. Amigos, vosotros sois el pueblo, mi pueblo. Yo soy vosotros y vosotros mismos yo.

Dejadme ser vuestro héroe, dejadme ayudar, dejadme hacer algo pequeño cada día para haceros grandes. Yo seré un héroe por vosotros y mi única huella de egocentrismo y egoísmo estará en vuestro interior. Vuestra satisfacción será la mía, vuestra felicidad será mi verdadera recompensa y muestra de gratitud.”

La gente se quedó callada, nadie supo qué decir. Él, sin apenas mirarles a la cara después de lo dicho, se bajó de la mesa donde se encontraba. Caminando, ya lejos de la muchedumbre, comenzó con sus actos heroicos. Cinco monedas a un pobre borracho y  un consejo: Gástatelo en comida.

Pensad lo que queráis, pero dar una moneda a un pobre indigente y unas palabras mostrando un mínimo de afecto pueden cambiar a esa persona. Aunque esa misma haya elegido ese camino y no haya pensado más que en sí mismo no quiere decir que tú también tengas que hacerlo. Algo bueno, algo tan sumamente pequeño que para nosotros no significa nada y para muchos otros tantísimo.

“Cada uno de nosotros tiene tres posibilidades: ser pasivo y no hacer nada, ser malvado o convertirse en un héroe.” Philip Zimbardo.

(Ya pensaré un titulo cuando lo termine, continuación)

II

Cada vez que te recuerdo, no puedo evitar sonreír. Tú siempre en el mismo lugar apartado, con la mirada fija en el vaso y los ojos acuosos. Siempre el mismo tono de voz frío y distante, aunque en realidad no querías parecerlo, solo que no te gustaba que se entrometieran en tus asuntos. Por una extraña razón a mi me dejaste entrar algo más a lo que se refiere como vida privada.

Me contaste que tenías una mujer maravillosa, con un sentido protector que rozaba la locura. Una hija de 21 años tan inteligente como su madre, pero demasiado ocupada en su futuro como para atender a lo que se estaba perdiendo de su presente. Y luego estabas tú, estancado en tus problemas sin solución, perdido en tus pozos sin fondo…

(Ya pensaré un título cuando lo acabe)

I

La barra del bar se sintió vacía el día en que, sin dar explicaciones, te fuiste a buscar un entretenimiento mejor que mi tequila. Todas las noches con el mismo repertorio. Nunca te cansaste de pregonar lo absurdo, estúpido e inútil que debías ser. Sin soltar el vaso, sin levantarte de la silla, todos los días, el mismo número de tequilas, 6. Uno por cada recuerdo imborrable. Si se me permite decirlo, tienes un hígado de hierro. Nunca bromeabas con eso, decías que era algo serio, que cada copa te quemaba por dentro, pero nunca renunciaste a una sola. Decías que ninguna de las cosas que te atormentaban era menos que otra y que no debía menospreciarla, porque todas dolieron por igual.

Una vez me atreví a preguntarte cuáles fueron ésas penas, a lo que contestaste con un bufido a forma de carcajada y una frase que no conseguí entender hasta algo más tarde, fue algo así como: “El simple hecho de haber nacido, ya es razón suficiente para beberme de un trago la botella entera, ése también fue un error.”