On the road

Mi casa vacía es tu casa vacía. 

Tulsa. Oda al amor efímero.


He dispuesto toda mi miseria en un escrupuloso orden lógico-cronológico de causa-efecto, para que acudas a ella siempre que quieras justificar cualquier previsión de guerra o para encontrar respuestas a un motín.

Represento sobre mi piel todas las cicatrices, para que las lamas o huyas a tiempo.

He compuesto mi sonata de invierno, la historia de esta vida que hoy, aún, es mía y mañana…qué sé yo.

Defino cientos de kilómetros cada día, cada noche. Invento palabras nuevas que nunca alcanzan. Desgasto palabras exactas como “lluvia” o “frío”. Y no hallo combinación coherente que describa el sentido de tus brazos vacíos, de mis brazos vacíos.

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Autoficción.

Ya estoy medio muerta. Alguien me dotó desde el inicio de miedo a vivir y el parto duró 48 horas. Hubiera nacido otro precioso día de julio, en viernes, y no sábado anhelante del merecido (o no, quién sabe) descanso.

Como nací, viví (algo había que hacer): con pereza, letargo, cansancio y sueño.  Eso sí, soñaba, soñaba muchísimo (como si no hubiera un mañana; porque de hecho, para mí como si nada), por mi mente pasaban todas mis vidas posibles que, sin embargo, nunca llegaron a ser.

Y así, medio muerta, en medio del eje de un mundo que gira asombrosamente rápido, miro la vida y no me devuelve la mirada.

 

Y así me ordeno.

Voy a meter en un tarrito cada parte de mi vida que se vio afectada por ti. Meteré ahí también todo lo que me dejaste y para lo que no encontré un lugar apropiado.

Quiero meter en un tarrito todo lo bueno y lo malo; todo lo bueno y lo peor. Quiero aislarlo para que ya nada de ti me toque, porque nada de ti que no quiera me hace falta.

Encontraré un lugar para dejarlo. Una balda quizá, donde corra un poco el aire y le de el Sol.

Prometo visitarlo de vez en cuando.

A veces pienso en ti.

Cuando estoy sola a veces pienso en ti.

Ayer te encontré, resulta.

Te encontré en el gotelé de mi cuarto, en un rincón, casi en una esquina.

Te encontré y te miré a los ojos. Me atreví, ya ves.

O quizá no.

Fue sólo un segundo, pero ahora cada resquicio de estas cuatro paredes huele a ti.

Te hablé y me hablaste.

No recuerdo qué fue. No recuerdo qué.

Otra vez

te quedaste inmóvil al borde del camino.

Y me quedé esperando, como una tonta.

Hasta que desapareciste.

I, Luces

Todo lo que sé, todo lo que se supone que puedo saber trata de mí. De mis sentimientos quizá, no del todo seguro, porque me cuesta. Es complicado.

-¿El qué?

– Todo, en realidad… ¿Qué no es complicado?

Veinte pasos hacia delante y la dejé atrás. Aquella muchacha quizá mereciera la pena, pero no tanto como para aceptar pagar 10 euros mensuales a su organización. Gente que sufre, dice. Nadie se ha parado a preguntarme a mí. Lo mío no tiene cura, es cierto, no se cura con esos 10 euros, pero pueden pagar algunas cervezas…y así el tiempo pasa más rápido.

Callejas arriba y abajo. Esta fue siempre mi ciudad y, sin embargo, siempre que vuelvo me recorre esa fría sensación de que, de pronto, es 1984. En la más oscura enciendo un cigarrillo, dichosa ironía, Lucky Strike. La única luz del callejón. La única que me alumbra, al menos.