No somos nada.

No somos nada.

Ni el crujido de una silla,

ni brisa marina,

ni siquiera quemazón.

No somos nada.

Y así, sin ser,

vamos tirando,

sin quejarnos demasiado,

no fuéramos a molestar

a los presentes cotidianos

que sí ocupan un lugar relevante.

08/08/2016

Veinte y uno. 

Veintiún clavos en esta cruz:
Dos por cada ojo
Siete en el vientre
Cuatro en las palmas de las manos
Tres en el eco de la voz
Y otros tres en los dedos
Pulgar
Índice
Corazón
Respectivamente
De la mano diestra.

Veintiún clavos en esta cruz
Que atraviesan cada palabra
Conocida o reconocible
Desde la memoria retrospectiva
A todo ápice de imaginación.

Condicionan su vaivén lento
La susurrante cadencia
De la tinta sobre el papel:
Todo desgarro posible del alma.

Diagnóstico final:
Verborrea pseudopoética irreparable.

“En el momento en que el aliento se sacrifica…”Carmen Ollé.

En el momento en que el aliento se sacrifica

al más grande detalle en el amor:

un cuerpo desnudo

siento como si me abandonara el sentido de la perfección

la belleza contendría un cúmulo de defectos propicios

al escándalo:

un culo demasiado alto para una talla pequeña

muslos infavorables a sus extremidades posteriores

un abrirse donde la franja bruna señalara

la mano como un destino mudo.

 

La suciedad llega a ser el capítulo de mi existencia

que resiste a la lucidez del adulto,

el momento en que al levantarme la falda

sobrevino el castigo el miedo a la soledad

resbalar en el sueño de lo imaginado

embriagado por sus propios olores.

 

En las estampas eróticas no puedo resistir al mundo

presente con su afán de belleza inmolada

a la rectitud de las líneas

la mirada parece simétricamente posarse en

una puesta de sol

infiel al movimiento que la empuja lejos

para perderse luego en el reposo

la modelo no exige del lector en ellas

sino impotencia eterna,

lo osceno sigue siendo para mí una prolongación

de la incertidumbre.

 

La ruptura conmigo o esa enajenación de la que todos

queremos evadirnos es no poder dejar de exigir al amante

ser la presa

cuando alguien nos posee queremos que a la vez

nos conciba

toda elección es una posesión apremiante que

no nos deja dormir.

 

Alcanzo el amanecer

retroviso Lima

como una elipsis en la ruta

no hay nadie que me ofrezca un emparedado

de realidad

que no lo unte el desdén.

 

Este precioso, íntimo y arrollador poema está incluído dentro de “Noches de adrenalina” que ya os recomendé encarecidamente en un vídeo anterior.

Me podéis encontrar, también, en todos estos sitios: https://about.me/naiaestibaliz

Os abrazo fuerte.

Alter ego, Piedad Bonnett.

Ella no creció nunca tiene miedo

a lo oscuro y al triángulo que es el ojo de Dios

y al Padre que ajusticia con su voz militar llora de amor

cuando alguien acaricia su cabeza

suma mal y en los dedos

resta mal

le gusta el vientre liso de as piedras

ver por las cerraduras habla a solas

y sueña

y desearía

que el sueño fuera el día

y el día

un viejo guante al que se da la vuelta.

La otra va por ahí poniendo emplasros

compresas cataplasmas haciendo dietas

sabe dónde es Zimbawe para qué es el amonio

lee a Kant y a sor Juana

zurce su corazón con tal cuidado

que no se note un nudo en el reverso

mira crecer manchitas al dorso de sus manos

respira lento

y traga sus cuchillas.

De vez en cuando

la una se tropieza con la otra

se miran de reojo

a punto de abrazarse de decirse

la lástima la rabia la ternura.

 

Este poema pertenece al libro “Lo demás es silencio” de Piedad Bonnet, editado por Hiperión en 2003. Espero que lo disfruten mucho.

 

Lolita (I), Vladimir Nabokov.

(I)

Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-lita: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta. Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita. ¿Tuvo Lolita una precursora? Por cierto que la tuvo. En verdad, Lolita no pudo existir para mí si un verano no hubiese amado a otra… «En un principado junto al mar.» ¿Cuándo? Tantos años antes de que naciera Lolita como tenía yo ese verano. Siempre puede uno contar con un asesino para una prosa fantástica. Señoras y señores del jurado, la prueba número uno es lo que envidiaron los serafines de Poe, los errados, simples serafines de nobles alas. Mirad esta maraña de espinas.

Vladimir Nabokov, Lolita.

Traducción de Enrique Tejedor.

Ediciones Grijalbo.

Sonata del claro de luna, Yannis Ritsos.

(Una noche de primavera. La habitación grande de una vieja casa. Una mujer de edad, vestida de negro, le habla a un hombre joven. No han encendido la luz. Por ambas ventanas entra una despiadada luz de luna. Olvidé decir que la Mujer de Negro ha publicado dos o tres interesantes colecciones de poesía sacra. Y bien, la Mujer de Negro le habla al Joven):

Deja que vaya yo contigo. ¡Qué luna la de esta noche!

Es benévola la luna-no se notará

que mis cabellos han encanecido. La luna

los hará rubios de nuevo. No te enterarás.

Deja que vaya yo contigo.

 

Cuando hay luna las sombras crecen en la casa,

manos invisibles corren las cortinas,

un dedo escribe suave sobre el polvo del piano

olvidadas palabras-no quiero oírlas. Calla.

 

Deja que vaya yo contigo,

déjame bajar un poco, hasta la tapia de la fábrica de ladrillos,

hasta el lugar donde tuerce el camino y surge

la ciudad enjalbegada y etérea, blanca a la luz de la luna,

tan indiferente, tan inmaterial,

tan verosímil y tan metafísica

que finalmente puedes creer que existes y no existes

que nunca has existido, que no ha existido el tiempo ni su deterioro.

Deja que vaya yo contigo.

(…)

Sonata del claro de luna, Yannis Ritsos. Traducción de Selma Ancira. Editorial Acantilado (2008).

Tarrito de mí. 

Voy a vaciarme y no será en ti. 

Tengo el pecho lleno de dudas 

y cada una susurra mi nombre. 

Soltaré. 

Soltaré en una estela

a cada paso que dé

todo el lastre, 

estigma, 

podredumbre. 

Repetiré como un mantra todas estas palabras para que se graben en mi piel.

Sí eres suficiente. 

Tengo clavadas en cada costado las palabras que no puedo decirte. 

Se me clavan todos los nombres por los que dejas que te llame. Aunque no vengas, aunque nunca llegues. 

Se me clavan, también, 

el frío, 

el hambre, 

la sed. 

Ojalá fueras pan, aliento o vino. 

Ojalá fueras todas esas cosas que nos nos dejamos ser.