Sonata del claro de luna, Yannis Ritsos.

(Una noche de primavera. La habitación grande de una vieja casa. Una mujer de edad, vestida de negro, le habla a un hombre joven. No han encendido la luz. Por ambas ventanas entra una despiadada luz de luna. Olvidé decir que la Mujer de Negro ha publicado dos o tres interesantes colecciones de poesía sacra. Y bien, la Mujer de Negro le habla al Joven):

Deja que vaya yo contigo. ¡Qué luna la de esta noche!

Es benévola la luna-no se notará

que mis cabellos han encanecido. La luna

los hará rubios de nuevo. No te enterarás.

Deja que vaya yo contigo.

 

Cuando hay luna las sombras crecen en la casa,

manos invisibles corren las cortinas,

un dedo escribe suave sobre el polvo del piano

olvidadas palabras-no quiero oírlas. Calla.

 

Deja que vaya yo contigo,

déjame bajar un poco, hasta la tapia de la fábrica de ladrillos,

hasta el lugar donde tuerce el camino y surge

la ciudad enjalbegada y etérea, blanca a la luz de la luna,

tan indiferente, tan inmaterial,

tan verosímil y tan metafísica

que finalmente puedes creer que existes y no existes

que nunca has existido, que no ha existido el tiempo ni su deterioro.

Deja que vaya yo contigo.

(…)

Sonata del claro de luna, Yannis Ritsos. Traducción de Selma Ancira. Editorial Acantilado (2008).

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Tarrito de mí. 

Voy a vaciarme y no será en ti. 

Tengo el pecho lleno de dudas 

y cada una susurra mi nombre. 

Soltaré. 

Soltaré en una estela

a cada paso que dé

todo el lastre, 

estigma, 

podredumbre. 

Repetiré como un mantra todas estas palabras para que se graben en mi piel.

Sí eres suficiente. 

Tengo clavadas en cada costado las palabras que no puedo decirte. 

Se me clavan todos los nombres por los que dejas que te llame. Aunque no vengas, aunque nunca llegues. 

Se me clavan, también, 

el frío, 

el hambre, 

la sed. 

Ojalá fueras pan, aliento o vino. 

Ojalá fueras todas esas cosas que nos nos dejamos ser. 

Autoficción.

Ya estoy medio muerta. Alguien me dotó desde el inicio de miedo a vivir y el parto duró 48 horas. Hubiera nacido otro precioso día de julio, en viernes, y no sábado anhelante del merecido (o no, quién sabe) descanso.

Como nací, viví (algo había que hacer): con pereza, letargo, cansancio y sueño.  Eso sí, soñaba, soñaba muchísimo (como si no hubiera un mañana; porque de hecho, para mí como si nada), por mi mente pasaban todas mis vidas posibles que, sin embargo, nunca llegaron a ser.

Y así, medio muerta, en medio del eje de un mundo que gira asombrosamente rápido, miro la vida y no me devuelve la mirada.

 

Vídeo

Pelusas.

Las motas de polvo de mi cuarto tienen por sana costumbre posarse sobre los libros que la imperan. Tienen buen gusto, y se deleitan sobre portadas de viejos tomos de Shakespeare, Lorca o incluso Valle-Inclán.

Posan su semitransparente cuerpo sobre la superficie para comenzar a unirse y elegir pareja muy lentamente:

Se unen a uno

y no a otro,

se unen a uno

y no a otro,

se unen a uno

y no a otro,

se unen a uno

y no a otro,

se unen a uno

y no a otro…

Y así, sucesivamente, hasta que, por fin, conquistan gran parte de la estancia (los libros dejan de ser un lugar para ser sólo un objeto al que mirar con superioridad) y se preparan para la mutación de su nombre.

Una sucesión de mierda.

Lo cierto es que el dolor y la ruina llegan a una sólo cuando más lo necesita. Un paso hacia delante aunque se cierre la puerta. Porque se cerrará, bien seguro. Tendrás un manojo de llaves pero no la fuerza para alzar la mano. Y qué triste tener tan cerca lo que inexplicablemente no puedes alcanzar. Y no se te permitirá alzar la voz y el mundo te mirará con desprecio, porque así está hecho el mundo, para que no dejes de moverte ni un solo segundo.

-¿Y la vida? Pues la vida es eso, una continua sucesión de mierda.

La valentía

Voy a hacer algo que no he hecho nunca.

Voy a abrir la puerta. Y la cerraré. Y volveré a abrirla.

Escucharé tu voz al otro lado y prometo no idealizar tu beso de bienvenida.

Miraré esas flores cada día de mi vida, hasta que mi vida no sea esta.

Cada día te enseñaré una nueva palabra grabada en mi cuerpo de una lengua que no existe excepto en mi memoria. Y tendrás que entrar en mí para averiguar su significado oculto.

Dejaré que me llames por todos mis nombres. Y miel y deseo y ojalá no sonarán extraños en mi oído.

 

 

Una de sombra

En dos años fui sólo sombra,

espectro de mí.

Horrenda silueta de desesperación.

Un grito ahogado

por

la

asfixia.

Aún me tiembla la mano,

el corazón.

Aún tiemblan las palabras al salir.

Y me miras,

sé que me miras.

Me miras, recuerdo,

queriendo susurrarme.

Y aquí, que soy nervios

y sangre,

Te escribo, recuerdo.

Te dejo aquí grabada la asfixia.

Si quieres algo de mí, llévate eso,

que yo no lo quiero.